Historias de la Iglesia de Fuencubierta


Soledad del Castillo es una conocida vecina de Fuencubierta que vive en la plaza de esta localidad, junto al edificio de la iglesia, por lo que su vida ha estado ligada, desde que era muy pequeña, a la actividad que se ha desarrollado en ella. Nada más llegar, nos comenta el contenido de algunas fotografías de las décadas de 1950-1960. Una de ellas data de 1966, año en que trasladaron la imagen de la Virgen de los Ángeles a Las Pinedas y en que trajeron la estatua de la Virgen de los Dolores. Otras instantáneas muestran a su padre, Julio del Castillo, dirigiendo una procesión: “Mi padre era alcalde y siempre estaba en todo; él precedía las procesiones. Hay una foto que le da mucho coraje, porque no le avisaron y sale tirando un cigarro (risas).” También nos describe algunas imágenes de las procesiones hacia el “Cerro de la Fuente” y de la Romería de la Virgen de Fátima, en las que aparecen algunos de los participantes vestidos de romanos, y que datan de 1956-1958.

Soledad, ¿es usted de aquí, de Fuencubierta?
Yo soy nacida y criada aquí. Me fui a La Carlota, pero se fue el maestro y después me fui a El Arrecife, porque mi padre quería que estudiásemos; después estuve en Córdoba y allí hice hasta 6º de Bachiller. Iba a hacer Magisterio, pero ese año pusieron la Reválida, no la tenía y entonces me quité de estudiar. Además, mi hermana se casó, tuvo chiquillos, yo me ilusioné con ellos y me fui a vivir a Madrid junto a ellos durante dos años; allí estuve ayudando a mi hermana, pero no porque ella me lo pidiera, sino porque yo quise. Eso fue por el año 1973. Después, a ellos los trasladaron a Sagunto, estuvimos seis meses allí, y luego yo ya me vine para acá.
Mi madre era Carolina Escobar Rojas; su madre, Mercedes Rojas, fue maestra aquí, y tiene una calle en el pueblo. Mi padre era Julio del Castillo Roldán, y su padre era de aquí; lo que pasa es que era Guardia Civil y se fue primero a Iznájar y después a Córdoba. Pero mira qué casualidad, que como tenía familia aquí, mi padre venía mucho y así conoció a mi madre. Ellos estuvieron en Sevilla, en Constantina, porque mi padre también era Guardia Civil, pero se salió, se vino aquí, se dedicó a llevar las tierras de su madre, luego fue taxista... Mi madre fue ama de casa y se dedicó a cuidarnos a los cinco... como antes no había televisión, en seis años nos tuvo a los cinco (risas). Mi hermanos son Julio, Mercedes, Francisco, después voy yo, y después el pequeño, Cristóbal.

¿Cómo ha participado usted en la actividad de la Iglesia en Fuencubierta?
Yo soy lo que podría decirse una “segundona de primera”. Si me decías “vamos”, yo iba, pero no era la que disponía. Si alguien quería poner flores, o si alguna persona quería ver la iglesia... yo tenía la llave. También me reunía con algunas mujeres y la limpiábamos. Para las procesiones, antes de que viniera Alfonso [Gálvez], preparábamos todo entre Tere, que era la Hermana Mayor, y yo. El Nazareno y la Virgen de los Dolores procesionan el Jueves y Viernes Santo; además, a esta última la vestimos de blanco y procesiona también el Domingo de Resurrección.

Uno de los elementos más destacados de la iglesia es su retablo, ¿qué conoce acerca de él?
Mi madre decía que el retablo lo trajeron de una iglesia de los Jesuitas de Écija, mientras que las imágenes, según mi madre, las había traído Don Manuel Márquez, un cura de aquí, de la iglesia de San Juan de Letrán de Córdoba, que ya no tenía culto: son las del Nazareno y la Virgen de los Dolores, es decir, las que procesionan en Semana Santa.

¿Puede comentarnos alguna anécdota que haya tenido lugar en todos estos años?
Anécdotas hay muchas. Una vez mi madre le ofreció al cura una infusión, era Viernes Santo; cuando estuvo preparada, me mandó ella a avisarlo y yo, ni corta ni perezosa, desde la puerta grité: “Padre, que dice mi madre que ya tiene...” y estaba comiendo con la gorra puesta, porque hacía frío. Entonces le dije: “Padre, por qué no se quita usted la gorra, que mi padre dice que en la mesa con sombrero es de mala educación”. Mi madre, imagínate... y cosas así, pues muchas.

¿Ha sufrido el edificio alguna transformación en este tiempo?
Mi padre le cedió un trozo de la casa a la Iglesia en el año 1953-1954; fue en esa época cuando la ampliaron. Mientras estuvo aquí Francisco Ramírez, se puso el altar nuevo; y hace tres años se le puso el zócalo nuevo. Los bancos son los que están para renovarlos, están más duros que la mar (risas).
Luego, en la iglesia, se cayó el techo hace unos veintitrés años. Estaba preparada para una boda, que iba a celebrarse a las ocho; pues a las tres de la tarde se había caído la parte más nueva, es decir, lo que hicieron último. Fuimos de casa en casa pidiendo dinero para restaurarla, y el Ayuntamiento colaboró poniendo la mano de obra. Recaudamos más de doscientas mil pesetas de entonces.
Otra vez, por 1982, la Virgen no iba a salir en procesión, y Alfonso, un hombre que ya murió, a las una de la tarde se llegó a mi casa para averiguar si podíamos hacer algo... pues al final salió. La mujer de él y yo nos pusimos a pedir de casa en casa para ver quién quería formar parte de la Hermandad. Ahora, como está aquí Alfonso [Gálvez], es él quien tira del carro.