Un hombre volcado con su pueblo


Francisco Pinto Grande fue una persona muy conocida y querida en la localidad donde vivió durante más de cuatro décadas, Fuencubierta. Entusiasta colaborador en todos los eventos y actividades que se organizaban -ya fuese preparando su célebre arroz o cantando en el coro rociero Nuestra Señora del Rosario, del que era miembro-, su ausencia ha sido sentida por todo su pueblo.
Paco, 'el Pinto', falleció en mayo del pasado año a los 61 años de edad tras padecer leucemia durante un largo periodo de tratamientos, estancias en el hospital... en el que contó con el apoyo y el cariño de sus seres más queridos: su mujer, sus tres hijos y sus dos nietos; pero también con los de todos los vecinos del pueblo.
Aunque llegó muy joven a Fuencubierta, Paco no era oriundo de esta localidad: antequerano de nacimiento, se crió en Lantejuela y vivió en Guadalcázar, Lebrija y Alcolea del Río, si bien permaneció durante más tiempo en Reinilla, muy cerca de Fuencubierta, donde finalmente se instaló junto a su familia.
Aquí los vecinos siempre acudían a él para contar con su ayuda. Además del arroz de las ferias, que degustaba todo el pueblo, también se encargaba de prepararlo en cualquier otro evento. De hecho, lo hizo durante la última edición del Fuencurrock en la que, a pesar de encontrarse débil, acudió a preparar el perol, aunque tuviese que acostarse nada más volver a su casa. Pero a él le encantaba formar parte de esos momentos: es por ello que, a pesar de padecer esa dolencia, continuó ensayando y cantando con el coro hasta que sus fuerzas se lo permitieron.
En agradecimiento a su labor, en el año 2001 los vecinos le hicieron un homenaje por sorpresa en el centro cultural 'Concepción Canales': allí lo nombraron hijo adoptivo de la localidad y le entregaron una placa “en reconocimiento a su simpatía y cariño hacia él”, tal y como reza en la misma. También fue homenajeado en la feria de 2012 y, aunque se había visto obligado a dejar de participar en las actividades del coro rociero, ese día subió al escenario y cantó con alegría. Su colaboración en los festejos y eventos ha sido tal que incluso en otros pueblos se ha reconocido su contribución, como ocurrió en Cerro Perea, donde le regalaron un plato de cerámica conmemorativo como homenaje.
Sin embargo, el cariño de los vecinos de Fuencubierta hacia Paco tuvo su manifestación más patente cuando, en una fase de su enfermedad, necesitó donantes de plaquetas. Tal y como explica su hija Vero: “Toda la familia está muy agradecida con el pueblo, porque se volcó con nosotros. Mucha gente se presentó directamente en Córdoba, y eso que él pensaba que no iría nadie a Donación. Pero un día me llamaron para decirme que no fueran más personas, que no podían ir todos de golpe, que ya había veinte esperando... Tampoco dejaban de preguntar por él... Estaremos siempre muy agradecidos a todos.”
Este texto es un homenaje a una persona muy querida que ha dejado una huella imborrable en su pueblo y en las personas que lo conocieron.